Recuerdos que abrigan el alma

Algunas noches me reconforta volver a recordar episodios de mis embarazos  y revivir de alguna forma esos momentos desde la distancia en el tiempo. Todas las madres los recordamos en alguna ocasión, cada una se queda con aquello que escoge o con aquello que más la ha marcado.

Desgraciadamente en muchas casos (que no todos) aquello que marca son las experiencias negativas vividas durante este período. El sistema sanitario y en general la sociedad no permiten muchas veces unos embarazos y partos saludables y respetados.

A pesar de ello creo que todas deberíamos hacer un ejercicio personal (solas, con nuestra pareja, tribu o con ayuda profesional) para recuperar nuestras experiencias en positivo porque nos permitirá tener fuerza para seguir adelante. Eso no implica olvidar los aspectos negativos, dejar de buscar responsabilidades, trivializar lo vivido, o no luchar para cambiar realidades. Sin embargo de algún modo hace falta poder dar la vuelta a lo acontecido para extraer algun aprendizaje y mensaje que nos haga crecer. Solo así nos daremos el permiso para amarnos, amar y ser amadas sin condiciones por nuestros hijos e hijas.

A mi me gusta quedarme con los recuerdos agradables ,a pesar de que hay muchas cosas que si pudiera retroceder haría de diferente manera precisamente para evitar miedos, dolor y sufrimiento. Pero a la vez pienso que si así pudiera hacerlo, yo no sería la que soy ahora ni mis hijos tampoco. Pero de ello ya escribiré en otra ocasión.

Los recuerdos más bonitos de mis embarazos tienen que ver con esa extraña, para pasar despúes a entrañable sensación de saber que ya eres madre. Sentir que ya estás fusionada con otro ser. No he idealizado estas vivencias. En un principio como he dicho, a mi me causaban extrañeza e incluso temor por haber de asumir una responsabilidad hasta entonces desconocida, pero a la larga se trasforman en una experiencia única.

Al poco tiempo a este sentimiento cada vez más intenso se suma el deseo de comunicarse con este pequeño ser. La necesidad de buscar respuesta, compartir lo cotidiano para hacer todavía más real esa fusión. Es como un círculo que girará durante semanas y meses hasta el nacimiento: yo te siento, yo te hablo, tu me sientes…

Recuerdo como desde la confirmación del embarazo (y en el caso de mi segunda hija antes de saberlo de forma certera) ya me notaba distinta cuando me sentaba o tumbaba. No eran signos físicos pero de alguna manera ya notaba que allí estaba esa diminuta vida. Las sensaciones fueron creciendo a lo largo de los meses pasando a notar su existencia como burbijitas, después sus pataditas y por último esas asombrosas ondulaciones de la barriga subiendo y bajando con su ajetreo intruterino.

Siempre esa sensación de tener una vida dentro, conectada a mi las 24 horas del día coordinando nuestros latidos y movimientos me ha parecido mágica. Y por ello siempre me ha gustado hablar a mis bebes mientras crecían y los cuidaba dentro de mi.

Caminar y saber que no vas sola, pararte a mirar un escaparate de una tienda, una flor de los jardines del parque o las olas del mar y comentar en voz bajita: “ves cariño, ¿que bonito es?”o “cuando nazcas, vida, ya te lo enseñare…” Esa primera conversación de la que no hay testigos y que en cambio no olvidarás nunca.

Bañarte en la playa y sentir como el agua mece tu útero. Ducharte y acariciarte la barriga mientras caen las gotas de agua mezcladas con el jabón. Poner esa canción que te hace vibrar y que hasta entonces no formaba parte del repertorio musical, pero que por alguna extraña razón ahora te conmueve. Y en medio de esos momentos susurrar a tu criatura: ¿tu también lo sientes? ¿Te gusta? A mi si, y ¿a ti? Y percibir que de alguna forma te contesta y sentir amor, mucho amor…

Por ello cuando estoy acompañando a alguna futura mamá siempre le aconsejo que hable a su bebe, le explique cosas. Digo cosas porque no hace falta que sean frases trascendentales, sino aquello que le surja o necesite explicar. Le animo a que ponga sus manos en su vientre y lo sienta con el corazón… Muchas mujeres ya lo hacen por instinto, otras solo se lo plantean al final del embarazo cuando la evidencia del nuevo ser hace difícil ignorarlo, pero hay a quien también le cuesta hacerlo de forma espontánea.

Yo siempre invito a probarlo aunque solo sea un ratito cada día. Encontrar ese momento por la noche o cuando la vorágine del día a día sea menor. Es una manera de contrarrestar miedos, molestias propias de algunos embarazos o simplemente reducir el estres diario en otros casos. Y para todas las madres una oportunidad única de comenzar a aprender a conectarse con el bebe, empezar a conocerse mutuamente. Una conexión que continuará creciendo en el puerperio y será tan necesaria.

Estos son mis recuerdos más preciados de mis gestaciones. Curiosamente se repiten con mi hijo y con mi hija a pesar de haber tenido dos embarazos muy diferentes y de encontrarme en cada caso en episodios vitales distintos. Mi memoria ha querido quedarse con estas sensaciones y sentimientos; las primeras muestras de una maternidad que estaba naciendo. De una maternidad que renace de nuevo con cada criatura. Me siento agradecida de haber vivido esos momentos porque ahora forman parte de esos recuerdos que me abrigan el alma

 

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